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El odio y la política.

Es curioso y sintomático que, después de más de tres años del último post, cuando uno se decide a volver a poner palabras tras palabras en el blog, el tema que allí se trataba vuelva a la actualidad con rabiosa actualidad y con más énfasis que nunca.
Por supuesto que los cuatro años del gobierno del PP han servido -entre otras muchas cosas- para fomentar un odio interesado hacia Catalunya. Digo interesado porque, es evidente, que al partido en el gobierno le va bien este caldo de cultivo para afrontar lo que dan en llamar "el problema catalán".
La cuestión es que se lo han ganado bien a pulso. Recordemos que en la etapa anterior del gobierno de España, a Catalunya se le respetaba y, dentro del marco de competencias del Estatuto, la Generalidad tenia una convivencia con España, por lo menos, aceptable.

Todo empieza cuando el Partido Popular hace campaña y presenta el recurso de inconstitucio-nalidad del Estatuto de Autonomía catalán del año 2006 y, en clara y manifiesta connivencia con el Tribunal Constitucional, el mismo emite su sentencia en A partir de aquí, Tribunal y Gobierno, en el tema de Catalunya han sido "amigos para Es muy evidente que esta decisión y otras que se han ido sucediendo, han contribuido a acrecentar este odio mutuo que en la actualidad es latente.
Desde entonces en Catalunya se han ido sucediendo manifestaciones de protesta y rechazo a todas estas hostilidades del gobierno central. Manifestaciones multitudinarias que el partido popular  ha ignorado, aumentando así el distanciamiento a la vez que el rechazo mutuo.
Otro punto de inflexión fue cuando el Presidente de la Generalitat acudió por última vez a "dialogar" con Rajoy y tratar de lograr la transferencia del concierto fiscal para Catalunya como ya tenía, desde hacia tiempo, el Gobierno de Euskadi.  Respuesta: como siempre NO...

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Un político dialogante

Sin otra alternativa, se planteó, a medio plazo un referendum que debía ser consensuado con el gobierno central para dar la voz, de la forma más democrática que pueda hacerse, al pueblo catalán para que decidiera su futuro. Respuesta: negativa y prohibición.

MIEDO A LAS URNAS.  No hay otro calificativo para entender la prohibición.
Después del paripé y el circo en que se convirtió el 9-N, el plan B para Catalunya era evidente: "no nos dejan contar votos, vamos a contar escaños" y se convocan elecciones.
Delante de esta decisión el gobierno de Rajoy no puede hacer nada en contra, sólo poner palos en la rueda para tratar de obstaculizar las mismas con toda clase de artimañas (léase por ejemplo, impedir que el voto por correo de catalanes en el extranjero se viera muy mermado, sabían que interesaba a sus propósitos).
A priori del resultado, el Estado español ya tenía preparada toda una batería de acciones, comentarios, amenazas para obstaculizar el resultado de las urnas, que ya presumían seria el que fue. Aunque también le hayan querido dar sus interpretaciones, casi casi grotescas.

En esta situación o, mejor dicho, llegados a este punto con todas las heridas de guerra que se han ido produciendo, el resultado es que se ha derivado a un odio mutuo que hace pocos años no existia y que nunca debió de existir.
No es un odio España-Catalunya y viceversa. Es un odio político generado por políticos y nadie más.
Ellos son los únicos culpables de esta situación porque, quien debiera, no ha puesto nada para evitarla.
Es muy sintomático que, llegados a este punto, a día de hoy 24 de Noviembre, el Gobierno Central siga enrocado en proferir amenazas y usar malas artes frente al proceso catalán y no hacer el más mínimo gesto de acercamiento o de diálogo.

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En el fondo, el problema -el eterno problema- es que España no ha entendido nunca lo que es y lo que representa Catalunya para los catalenes. Ni tampoco ha hecho ningún esfuerzo para saberlo.
O quizás, en un plano mucho más entendible y llano: los catalanes preferimos una barretina a una pandereta.

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